SIN MARIO

Mario,

El frío me abraza por la espalda y acaricia cada una de mis vértebras haciéndome sentir el calor de tu compañía. Querido, la lluvia se ha metido por la ventana del comedor provocando que el periódico que lees los domingos y que dejas sobre la mesa pequeña se moje con mi ignorancia. Siento el no poder reponerlo, ya es martes.

Quiero informarte que también  se han despintando las letras que me escribiste el sábado, pero estoy segura que ninguno de los dos ansía la reposición de aquellas palabras. Te recuerdo que has dejado la corbata roja y la tetera no para de gritarte, tampoco la he callado. Me recuerda a aquel día que me encontraste en la cama con la maestra de Andrés, cuando aún importaba que mi gritos te pertenecieran.

Estoy fastidiada, se me ha vuelto a apagar el cigarro que llevo entre mis labios. La válvula de escape se ha confundido con el escape de mi vulva. Vuelvo a escribirte porque está lloviendo y la única vulgaridad que yace naturalmente de mis entrañas es la melancolía de escribir en días fríos. Me encuentro tan ramplona que podría convertirme en una de tus historias de los miércoles. Sin embargo, cuando las goteras caen sobre la cama haces falta.

Amor, no han venido a arreglar la calefacción y he tenido que dormir con calcetines puestos. Lo único que decidiste calentar era la sopa que te dejaba en el congelador y mis pies. La primera más por gusto que por necesidad. Lamento tu ausencia.

¿Cuándo regresas?

Carmela.

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OLIVERIO BUENAVENTURA

La mentira no me corrompió, me construyó. Cada personaje creado para nuestra historia surgió de la necesidad de desaparecer de la tuya evitando el juicio de los incrédulos que no entienden la relación entre nuestro placer, mi sangre y tu violencia. Tras varios intentos de narrativas convertí tu piel morena en ceniza pálida y tus ojos negros se transformaron en noches azuladas, yo me convertí en una rubia que fue multa y cuyos senos dejaron de ser pequeños.

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I

A las tres de la mañana tocaste la puerta con la furia alimentada por tu ego mancillado. Gritaste mi nombre y lo conjugaste con las palabras que me dices en la cama mientras me vendo a tus ganas y pulsiones. Esa madrugada me desnude junto a la puerta, solté mi cabello e introduje mis dedos entre mis labios hasta encontrar el orgasmo de tu humillación. Tus golpes dieron ritmo a mis caderas y tus gritos marcaron la intensidad con la que mis dedos entraban en mí. En tus manos una botella de alcohol se rompía en pedazos mientras yo tomaba a sorbos una copa de vino de tu cosecha favorita. Cínico, pensé mientras escuché las primeras lágrimas correr sobre la puerta. Coloqué mi lengua y comencé a lamer desde el otro lado de esta la sal de ellas que quedaba impregnada. Llena de victorias, grite en silencio, me llame puta mientras metía mis dedos cubiertos de mí a mi boca. Seguiste golpeando hasta que consideraste dejar de hacerlo y yo considere darte la bienvenida. Mi imaginación exigía realidad para llegar al orgasmo, mi cuerpo tu ofensa.

II

El olor a sexo se mezcla en mi boca después de tenerte erecto entre mis labios. Tu semen recorre mis entrañas e intoxica el último lugar de resignación. Te tengo dentro: hay dulzura, alcohol, violencia, repulsión y necesidad. Mi labial rojo mancha tu entrepierna y ensucia mi rostro, nuestro sudor perfuma mi odio y lo convierte en una ilusión de estabilidad. Me miras a los ojos y te recuestas en mi pecho, tu cuerpo enfría mis senos de carbón apagando cada llamarada de auxilio. Respiramos, desiguales, tú exhalas, yo inhalo; tú quiebras, yo reparo. ¿Hasta cuándo?

III

La mentira de conocernos se tornó real cuando escribiste mi nombre junto al tuyo; nombres que dotaban de realidad a personajes que solo existían en nuestras máscaras.

FUIMOS ACRIBILLADOS PERO NO CALLADOS

 

Adriana Cristina Pineda

 

Me despierto cubierta de sangre. No siento mis piernas, mis manos; no siento mi alma. El ejército entró a la habitación roja a las doce con nueve minutos. El  terror se mantiene en los cuerpos inertes. Los infiltrados salieron entre los cuerpos ajenos que entraban, encajando perfectamente en la salida que se abría por unos escasos segundos para ellos. Aguirre, Iriarte y Rojo nos dejaron antes de que pudiéramos entender qué pasaba.

La menta y hierbabuena se dilatan en los restos de vidrios rotos y hojas quemadas. Víctor Jara suena en la  pequeña radio al fondo del salón quebrando el eco de los disparos. Salazar decía que no debían confiar en la gente de Paz. Pero, ¿por qué habría que dudar de mi padre?

 — El fin del comunista está por encima del medio —dijo mientras entraba en mí y besaba mis tetas. —María, ten cuidado no quiero perderte —.

Los muertos gritan en silencio, Roque Dalton es el poeta de su muerte. La vida sale por la entrada principal de la casa, se escapa por las ventanas: el miedo permanece. En la escuela nos han enseñado sobre dialéctica y conciencia de clase; la muerte, la necesidad de revolución ante la opresión.

Los hijos de puta entraron y disparando. Elena y yo nos escondimos bajo la mesa. Su falda quedó a la vista. Uno de ellos la descubrió y sin levantar el mantel jalo sus piernas para dejarla expuesta. Aun escucho sus gritos mientras le desgarraban la blusa y golpeaban su rostro. Tuve que cubrir mi boca para que los gritos no escaparan de mis entrañas vomitando el dolor.

Cuando todo se queda en silencio salgo a rastras. En el suelo tirado junto a la falda de flores de Elena están mi vida y creencia. Aura tiene la sangre de su hermana menor en las piernas; la sangre de Salvador en los labios y la de Ríos en los senos. Los gritos congelaron la noche más fría de febrero.

 

EL ORGASMO

Son escasos los seimages (1)gundos que duran las contracciones en el vientre, que poco a poco suben hacia mi tráquea, haciéndome terminar en un suspiro que obliga a cerrar los ojos y a murmurar tu nombre. Son pocos menos los que pasan para que comience la humedad entre mis piernas y la sensación de necesidad de tenerte dentro. Entonces, exhalo mientras una de mis manos sube por mis senos, tocando mis pezones erectos, para evitar bajar mis dedos hacia el monte de venus que heredamos las lilims expulsadas de los jardines sacros. Mi otra mano sostiene mi cuello y lleva a mis dedos a introducirse entre labios pintados y , callando el gemido preso de la constricción consiente de autosatisfacerme.

El orgasmo te espera, impaciente y pulsante. Entre el clítoris y las profundidades de mi ser, entre mis piernas levantadas en tus hombros y tus dedos rodeando mis curvas hasta llegar a los orificios cuyas virginidades arrebataste, salvaje y tierno. El orgasmo se construye y se guarda en las profundidades de mi vientre, junto a las ganas infantes de sentir.

Sin embargo, la inestabilidad interior golpea y comienzo a entregarme a mi propia rebeldía que busca perder la autoridad y entregarse a un anarquismo del sinsentido; de la relación vacía y efímera. Comienzo a bajar una de mis manos, acercándome a mi sexo -que ha dejado de ser tuyo-.

NAVAJAS

-Despierta, María-. Escucho su voz en algún lugar de la habitación. Las alucinaciones se mezclan con las ausencias y la muerte. No hay verdades, no hay seguridad. Mis ojos lo buscan, mi alma se esconde entre las sábanas viejas.

La sangre corre en medio de mis muslos, moja mis labios y mi clítoris expuesto. La falta de aire en mis entrañas llena de llamaradas ardientes mi pecho y tráquea. Siento el frío subir por los dedos de mis manos, cubriendo mis palmas hasta llegar a las heridas en mis omóplatos. En este momento, el dolor comienza a funcionar como anestesia. Las heridas comienzan a llenarse de flores con espinas y de mi centro nacen nuevos ríos escarlata que alimentan la cama en la que mi cuerpo descansa. Tres puñaladas en forma de cruz, un labio roto y cardenales que adornan desde el cuello hasta mi torso. Sus dedos se han quedado marcados en mis brazos.

La psicosis se mezcla con la esquizofrenia de no saberte verdad. Las sombras comienzan a envolver mis extremidades para prohibir movimiento. De mis ojos inexistentes la sal comienza a acumularse. Levantan mi falda, tocan mis senos, siento tus labios en los míos: angustia. ¿Quién toca? Mis piernas tiemblan y se rompen ante los sonidos sordos de la habitación. El miedo pasado se funde en el miedo presente para generar el terror futuro.

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Cuántas veces nos despedimos para no volver, cuántas veces juraste al infierno que no volverías a pecar entrando en mí. -Infierno eres tú, María- escribiste al pie de página de la novela que leía. Besaste mi cuello e introdujiste tus dedos en mí, buscando. – ¿Algún día encontraremos lo que buscamos en el otro? -, pregunté. Tomaste mi cadera y me sentaste sobre ti, entraste con fuerza; lastimando. Me desnudaste para investigarlo.

-María Viva, María Muerta- se oye en eco. El dolor comienza a ser insoportable, las navajas en mi costado rompen con hierro muerto mi carne viva.

¿Qué buscamos?

POSIBILIDADES

La posibilidad es concepto inexistente entre nosotros. No existen podrías en horizontes lejanos; ni en la cercanía. El lenguaje nos suprime en la praxis, mientras, los deseos no se subliman entre nuestro olor a sexo y ganas. Anoche, busqué el vestido en tonos grises que no recuerdo- pero que te gusta- y encontré la novela política que me has regalado la primera vez que tropezamos. Leí párrafos al azar, angustiada he salido a fumar un cigarrillo y a comprar alcohol. Hay una estela de melancolía que se ha mantenido desde el último domingo y que se ha encontrado con un jueves problemático. La música pulsante del viernes junto con el olor a hierba quemada, hoy lunes, aún me acompaña. Carajo, hemos olvidado meternos en la cama para contrarrestar lo público que nos rodea y, al leer parte de la novela he temido que no volvamos a tocarnos.

Me gusta que subas tus manos por mis piernas y beses mis labios, mientras yo cierro los ojos para dejar de temblar. ¿Recuerdas? Los meses transcurren como semanas, pero las semanas son años. Van dos años que no me tocas, semanas que no me mojas.

Hoy, antes de dormir, mientras cepillaba mi cabello y observaba el brillo de la luna reflejarse en los edificios de cristal, me conté una historia de piernas largas y putas cubanas que esperan el amor sin pagos de oficina y no venden su corazón. Esa, que tanto te gusta que cuente mientras me penetras y besas mi espalda. Las historias de Marías intensas y desubicadas: mariposas hetairas de nadie.

Tus pasos silenciosos irrumpen el departamento haciendo que recuerde que ya ha pasado la media noche y debería estar dormida. Te espere, porque la expectativa nos vuelve locos; porque la distancia, aún más. Pero, no quiero verte ni escucharte, son tus horas y caprichos, no los míos. ¿Has pensado en la desesperación de quien espera?

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Me pides que me acueste entre las sábanas revueltas y levante mi cadera. Mis pechos se erectan en la mezcla de pudor y exhibicionismo callejero que provoca quitarse las bragas y mostrar la humedad a cualquier extraño que pase por la calle. Consciente de esto, me tiras a la cama y pasas tu mano por mi cuello para levantar mi mirada. Tu mirada, busca mi espalda baja. El color de tus ojos se pierde en tus pupilas negras que pulsan entre gestos marcados y pestañas rizadas..

Con un murmullo, acepto la invitación al dejar mis piernas abiertas para dejar ver mis labios húmedos. Te quiero, te deseo, te espero.

Te alejas para observarme así, mientras con mis dedos busco morir por segundos.

DESPEDIDAS

 

Amor,

Entre la melancolía, mi gusto por los tangos argentinos y mi precaución de llegar a rozar a Borges en los labios, te escribo. Perdona si aún te utilizo como estructura discursiva de algunos textos. Eres lo más cercano a lo más lejano; un interlocutor entre la María sin la [V]iolencia y Cristina. Por momentos, también, eres lo más cercano a la nostalgia que se quema entre puertas cerradas pero que logra encontrarme por las ventanas rotas de mis vestidos. ¿Que si te quiero? Te quiero como a aquella noche en España que nunca sucedió. Te quiero en el abstracto de quien ha querido y se ha ocultado en el olvido porque la ausencia pesa más que las piedras que prometió colocar en el camino de vuelta a casa. Te quiero, porque te quise. Te quiero porque eres memoria. Mis piernas se llenan de la humedad que el rojo burlesque en mi boca provoca ante las erecciones de aquellos desprevenidos. Un beso en la clavícula izquierda me lleva a los callejones en busca de romper la sublimación de mis pulsiones erróneas. Las mordidas en mis senos erectos escriben la fe de erratas de un nuevo texto que se guarda en la izquierda de un grito revolucionario sureño.

No pienso caer en mayor provocación que la que produce un extraño subiendo sus manos entre mi falda y medias negras, mientras el alcohol sube por mis venas secas.  No pienso regresar más que al mar que llevo años sin ver, amor, ahora solo sos estructura narrativa de despedidas. Despedidas, que tengo miedo a articular esta noche. Dos tragos a un Maria Tinto, tres nombres de filósofos italianos, y una carta inconclusa a un nosotros equivocado, componen la canción desesperada de marzo. Varias manos ajenas susurran entre mis labios húmedos e introducen sus dedos buscando  las ultimas gotas de sangre e himen.

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Con seducción perversa me enredo en la humedad del olvido, mis manos desnudan mis senos ante el espejo buscando las mordidas de un flanneur de izquierda que me puso entre el comunismo y la pared. Con miedo toco mi cabello suelto y recuerdo la ausencia de centímetros que buscaban cortar con el arraigo de quién no buscó conocerme más allá de su escritorio. En instinto muerdo mis labios y recuerdo el beso que aún se mantiene fresco desde la noche en que pedí que dejara estar. Una amistad inconclusa que se funde entre el ruido del motor de la motocicleta y el cigarro que se deja por temporadas. Lo deje por ti, y ahora regresa para decirme que nunca se ha ido.  Tendremos muchos más domingos.

Me miro y bajo a mi vientre, lo encuentro: es su cocina y el sentimiento que aprendo ahora a guardar en mis entrañas y no en el pecho. Encuentro el azul de los mosaicos en tu baño y lo convierto en el azul de las sabanas y los vitrales que colorean mis orgasmos.

Amor, mira ahora las marcas de mis piernas, las cicatrices de una guerra secreta a gritos.

Esa repulsión no existe en sus ojos.

Duerme, cielo.